En política exterior sus instintos no fueron ni tan
humanistas ni tuvieron resultados tan satisfactorios, viéndose su pontificado
ensombrecido por la continua fricción con el Cardenal Mazarino, consejero
de Luis XIV de
Francia y regente durante su minoría de edad.
La enemistad entre Mazarino y Alejandro tenía su
origen en las negociaciones que desembocaron en la Paz de Westfalia y que ambos vivieron desde
posiciones enfrentadas. La hostilidad mutua se vio incrementada durante
el cónclave que
elegiría a Alejandro y en el que Mazarino no ocultó su oposición a su elección,
aunque finalmente se vio obligado finalmente a aceptarlo como solución de
compromiso, aunque impidió que Luis XIV le enviase la usual embajada de
obediencia y pleitesía.
Posteriormente y, mientras duró su vida, frustró el
nombramiento de un embajador francés en Roma, haciendo que
los asuntos diplomáticos quedasen en manos de los cardenales, con frecuencia
enemigos personales del Papa.
La muerte de Mazarino no supuso una distensión de
las relaciones ya que aunque, en 1662, se nombró
embajador al Duque de Crèqui este
mantuvo una política igualmente hostil hacía Alejandro VII, provocando, debido
a su abuso del tradicional derecho de asilo otorgado a los recintos de las
embajadas en Roma, continuos conflictos con la Santa Sede que
alcanzaron su punto culminante a raíz de un insignificante tropiezo entre la
guardia corsa del papa y el servicio del duque.
Magnificado artificialmente provocó que Luis XIV tomara
represalias tan desproporcionadas como despojar temporalmente a la Santa Sede de sus
posesiones en Aviñón y
amenazar con una fulminante declaración de guerra. El conflicto se solucionó
cuando el pontífice, sufriendo una denigrante ofensa, firmó un incondicional
tratado de paz (Pisa, 1664).