Bajo el pontificado de Urbano VIII inició
su carrera eclesiástica cuando en 1627 fue nombrado delegado papal en Ferrara y,
tras ser recomendado por dos cardenales, se le nombró inquisidor de Malta y nuncio en Colonia (1639-1651).
Aunque debería haber participado en las
negociaciones que condujeron en 1648 al Tratado de Westfalia, rechazó deliberar
con herejes y protestó, una vez concluidas las negociaciones, contra el
tratado, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años y que
inauguró un equilibrio de poder en Europa que habría de durar hasta las guerras de la Revolución francesa.
El papa Inocencio X le
llamó a Roma nombrándole
cardenal en 1652 y
secretario de estado.
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